12/22/20

ENTREVISTA A JOAN ULLÉS BASCOMPTE

Joan Ullés Bascompte

Entrevista a Joan Ullés Bascompte


Joan Ullés Bascompte nació el año 1920 en la calle Pi i Margall de Terrassa, fue el segundo de cuatro hermanos —todos varones—, el mayor de los cuales murió en el frente de guerra con veinte años. Debido a las dificultades económicas por las que atravesó su familia y tener que trabajar su madre en una fábrica textil, tuvo que dejar de ir a la escuela para poder cuidar de sus hermanos menores y solo pudo asistir a algunas clases nocturnas. A los doce años entró a trabajar como dependiente en una tienda de unos parientes y a los catorce empezó a trabajar como aprendiz de mecánico en un taller metalúrgico. Se afilió a la CNT cuando contaba quince años de edad. Falleció en Terrassa en 20 de enero de 2017.

—¿Participaste en la lucha contra los militares sublevados el 18 de julio de 1936? 

—Terrassa, contaba entonces con una población de unos 40.000 habitantes y la CNT tenía 13.000 afiliados, con lo que su influencia en esta ciudad era muy importante. Al sublevarse los militares la práctica totalidad de la población de Terrassa fue a la huelga general revolucionaria que se declaró por 48 horas. Pasado este plazo y viendo que la cosa iba para largo los propios responsables de la CNT de Terrassa decidieron que había que volver al trabajo para derrotar al fascismo. 

—¿Cómo se produjo la vuelta al trabajo? 

—Yo entonces tenía casi 16 años y trabajaba de aprendiz en un pequeño taller metalúrgico: el taller Bach, en el que entre operarios y aprendices éramos unos ocho. Pasadas las 48 horas, los trabajadores nos reunimos en la puerta del taller, pero el dueño no apareció para abrir, como hacía habitualmente, entonces decidimos incautarlo y convertirlo en el Taller Confederal número uno. Y, como yo sabía dónde vivía el dueño, me enviaron a su casa a buscar las llaves; lo encontré un poco asustado, me entregó las llaves y se ofreció a ir al taller a trabajar, lo que comuniqué a los demás trabajadores. La respuesta fue que no lo necesitábamos y que podía quedarse en su casa. 

— ¿Cuál era la actividad del taller en el que trabajabas? 

—Antes del 19 de julio reparábamos las máquinas e instalaciones de las fábricas de Terrassa, en especial de las fábricas textiles: del ramo del agua, tejedurías, tintorerías, hilaturas, etc. Después de habernos incautado del taller empezamos a reparar armas ligeras de todo tipo, las que se encontraron en el Gran Casino de Terrassa incautado por la CNT y las que se hallaban con anterioridad en manos de militantes de la CNT. Un poco más tarde, al cabo de un mes o mes y medio, un compañero que era tornero, Joan Serra, propuso que fabricásemos la pistola Astra del nueve largo, una pistola de gran calidad que se hacía en Eibar, diciendo que si los vascos fabricaban armas cortas ¿por qué no podíamos hacerlo también nosotros? Y así empezamos a construirlas. 

—Y, ¿cuál fue el resultado? 

—Primero hicimos dos pistolas artesanalmente a partir del modelo original, y después de comprobar su resultado las presentamos a la Comissió de la Indústria de Guerra que envió una representación de cuatro o cinco personas, entre ellos su presidente Eugenio Vallejo, para hacer una prueba, que resultó plenamente satisfactoria. Dicha comisión a su vez presentó la pistola a Indalecio Prieto, ministro de la Guerra, el cual tras encargar las correspondientes comprobaciones hizo un pedido inicial de 5.000 unidades, al que después siguieron otros. A partir de aquí iniciamos la fabricación en serie de la pistola del nueve largo Astra, a la cual, primero le pusimos el nombre de CNT-FAI grabado en ella, pero ante la petición de Indalecio Prieto, el cual manifestó que por motivos políticos había que cambiar el nombre, la rebautizamos con el nombre de Francisco Ascaso. 

Más adelante, cuando el País Vasco fue ocupado por las tropas franquistas y su gobierno tuvo que exiliarse a Catalunya, una de las visitas que recibimos fue la del dueño de la empresa que fabricaba la Astra en Eibar, que era un nacionalista vasco que había cruzado la frontera, el cual al llegar a Barcelona y enterarse de que en Terrassa se fabricaba la pistola Astra del nueve largo no se creía que sin tener ninguna experiencia previa en la fabricación de armas fuésemos capaces de producir esta pistola y por ello quiso visitar nuestro taller. Al realizar la visita y comprobar cómo se realizaban las distintas fases de la fabricación de la pistola, quedó muy impresionado y exclamó «si no lo veo, no lo creo». 

—¿Fabricabais toda la pistola por completo? 

—Sí, por entero, todas y cada una de sus piezas, su ensamblaje, el pavonado, etc. Una de las mayores dificultades con que nos encontramos fue la de obtener el tipo de acero especial que se precisaba para el cañón, dificultad que se resolvió adquiriéndolo en Francia en cantidades suficientes, de modo que nunca carecimos de él. Una de las operaciones más difíciles era la de hacer la estría, pero los torneros realizaron los cálculos necesarios para grabar el paso de la estría en el cañón y consiguieron resolver con éxito esta operación. 

—¿Se tuvo que ampliar el taller para realizar esta producción? 

—Sí, efectivamente, ya antes de iniciar la producción en serie el número de trabajadores había aumentado con compañeros de pequeños talleres próximos al nuestro en los que había poco trabajo, hasta llegar a ser 15 o 16, dedicados a reparar armas. Al empezar la fabricación en serie se buscaron más trabajadores especializados: torneros, ajustadores, mecánicos, etc. de Terrassa, de las colonias textiles cercanas, de los alrededores de Berga, de Gironella…, llegando a contar el taller con unos 150 trabajadores —unas 35 mujeres y el resto hombres— que nos organizamos y realizamos el trabajo, sin contar con ningún ingeniero. Se adquirió nueva maquinaria: fresadoras, tornos… y se requisó un edificio más amplio, que aún hoy existe, en la calle San Isidro cerca de Correos. Y para aprovechar mejor la maquinaria y el espacio de que disponíamos, se establecieron tres turnos de trabajo.

—¿En Terrassa había otras empresas que reconvirtieron su producción para fabricar armas? 

—Sí, hubo varias, como la Electra Industrial —cuando la dictadura de Franco pasó a ser la AEG— que contaba con unos 120 trabajadores y Cal Turu, con unos 80 trabajadores, que fabricaron obuses, bombas de todo tipo, granadas de mano, etc. Estas empresas fueron incautadas y colectivizadas, pero no pasaron a denominarse Taller Confederal N.º 2, 3, 4…, ya que a pesar del predominio que tenía la CNT en ellas no se consideró adecuado al haber algunos trabajadores de otras organizaciones: la UGT, el POUM, etc. 

—Con 150 operarios y aprendices trabajando en el taller, ¿cuál era el funcionamiento y la organización de tu empresa? 

Se celebraban asambleas de todos los trabajadores con mucha frecuencia, en ellas se tomaban las decisiones sobre los diversos asuntos que afectaban el desarrollo del taller, tales como el suministro de materias primas, la organización y realización de la producción, etc., así como sobre las cuestiones referentes a las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores, como los salarios a percibir, las condiciones de salubridad del taller, la creación de un economato, etc. También había un Consejo de Empresa, que era el encargado de dirigir la actividad diaria del taller. Este Consejo se elegía en la asamblea y se renovaba periódicamente —creo recordar que era cada año—. 

—¿Qué criterio utilizasteis para establecer la cuantía de los salarios? 

—La cuantía de los salarios se decidía en la asamblea general de los trabajadores. El criterio para su establecimiento era el de fijar una cantidad que permitiese al trabajador satisfacer sus necesidades, por ello se fue aumentando en función de lo que subía el coste de la vida. 

—¿Establecisteis un salario único, igual para todos los trabajadores del taller? 

—No, a pesar de que el criterio general de la CNT era el de que la remuneración de cada cual debía estar determinada por sus necesidades, el establecimiento de un salario único en nuestro taller no se pudo llevar a la práctica debido a la oposición con que se encontró por parte de algunos operarios cualificados. Lo que sí se hizo fue reducir las diferencias salariales, siendo estas mucho menores que las que había antes del 19 de julio de 1936. Además, todos los que trabajábamos en el taller teníamos derecho a la misma cantidad de comida del economato. 

—Has mencionado que creasteis un economato, ¿puedes explicar cómo funcionaba? 

—Se trataba de un economato grande, que disponía de un camión con conductor y de un trabajador que se encargaba de la adquisición y reparto de la comida. El camión se desplazaba a Aragón para adquirir víveres a cambio de los productos que llevábamos desde aquí, ya que las colectividades de Aragón no aceptaban que se les pagase con dinero. A cambio de sus productos del campo les entregábamos piezas de ropa de las empresas textiles de Terrassa, con las que nos pusimos de acuerdo y clavos para errar las mulas, los caballos, etc., los cuales eran muy apreciados por los campesinos. En el taller había un forjador a mano, un herrero muy bueno en su oficio, el cual estaba dedicado exclusivamente a producir clavos y que hacía seis clavos por minuto.

 De este modo, el economato del Taller Confederal N.º 1 pudo disponer de la comida suficiente —tampoco sobraba— para suministrar a todos los que trabajaban en el taller la comida que necesitaban para estar bien alimentados y cubrir las necesidades de su hogar. Por eso, cuando me presenté voluntario para ir al frente de guerra, mi madre se preocupó por la comida que dejaría de entrar en casa. Preocupación que expuse al Consejo de Empresa, el cual decidió que mi hermano —el que me seguía en edad— entrase a trabajar de aprendiz en el taller, para que de este modo mi familia pudiese seguir disponiendo de la misma comida, lo cual alegró mucho a mi madre. 

— Así, ¿tú fuiste al frente como voluntario? 

—Sí, cuando me enteré de que en dos o tres meses me iban a llamar a filas obligatoriamente y me mandarían donde les pareciese, me presenté como voluntario para poder estar en una columna con compañeros de la CNT. Hasta entonces, los operarios que trabajaban en una industria de guerra cuando eran movilizados lo eran como producción de guerra y no iban al frente, pero esto incluyó hasta los de la quinta de 1940 y yo era de la quinta de 1941. Me incorporé a un grupo de unos 160 hombres, los cuales salimos de Terrassa en tres o cuatro camiones que se encontraban aparcados en la basílica del Santo Espíritu, transformada en garaje colectivizado, y nos dirigimos a Santa Maria de Meiá, un pueblo del Montsec, para incorporarnos a la columna Durruti (la 26 división), pero su Estado Mayor, en el que se encontraba Ricardo Sanz que había reemplazado a Durruti, no nos admitió debido a que se hallaban desbordados por el número de voluntarios que se estaban presentando. Por ello tuvimos que regresar a Terrassa. 

Después de permanecer una semana en Terrassa nos desplazamos a Hospitalet desde donde, junto con los compañeros de otras localidades, nos dirigimos a pie y en formación hasta la estación del Norte de Barcelona. Subimos a un tren que nos llevó hasta Calaf, de esta población a pie hasta Sanahuja y de aquí en camión hasta San Joan Fumat —cerca de la frontera con Andorra— y Castellbò para incorporarnos a la columna Ortiz (la 25 división). Finalmente, entramos en combate en la Vall Farrera, donde se desarrolló una dura batalla. 

 Más adelante me enviaron a Barcelona, donde permanecí dos meses para estudiar la especialidad de información y observación en la Escuela Militar. Y de ahí me mandaron a la 62 brigada mixta de una división comunista mandada por Trueba. Cuando se inició la ofensiva franquista contra Catalunya me encontraba cerca de Artesa de Segre, desde donde fuimos retrocediendo hasta que nos enteramos de la caída de Barcelona. Después nos dirigimos a Ripoll y San Joan de les Abadesses para llegar finalmente a Coll d’Ares, desde donde, una vez destruido el material bélico pesado: camiones, cañones, etc., pasamos a Francia el día 13 de febrero. 

—¿Qué hiciste en Francia? 

—En Francia nos desarmó la gendarmería y la guardia móvil, que iban apilando en grandes montones los fusiles, pistolas, etc. que le entregábamos. Y al no haber ningún tipo de alojamiento previsto tuvimos que dormir en el suelo que estaba cubierto de nieve, tapándonos como pudimos con nuestras mantas. Al cabo de un mes nos trasladaron en tren al campo de concentración de Barcarès, donde habían construido unos barracones. Posteriormente, gracias al oficio que había aprendido entré a trabajar en la fábrica de aviones Societè du Construction de l’Aeronautique du Midi, de Toulouse. 

—¿Qué ocurrió cuando los alemanes invadieron Francia? Cuando Francia capituló en junio de 1940, firmó un armisticio en el que se le prohibía la fabricación de toda producción de guerra, lo cual representó que me despidieran de la fábrica en que trabajaba. Se me abonó todo lo que me debían y en tren me condujeron al campo de concentración de Argelés. Al cabo de cierto tiempo los franceses organizaron lo que llamaban compañías de trabajo que realizaban distintas tareas, desde trabajos en el campo hasta la reconstrucción de un pueblo de los Pirineos, cerca del Canigò, destruido por un alud de piedras y rocas. Yo estuve trabajando en cinco de estas compañías, siendo una de ellas la que se encargó de la reconstrucción del citado pueblo. Después pedí ir a trabajar a la cuenca minera de Decazeville donde residían mis padres, a lo que accedieron las autoridades y fue donde conocí a la que sería mi mujer. 

—¿Participaste en la lucha contra los nazis y los colaboracionistas franceses, formando parte del maquis? 

—Sí, junto con otros compañeros de la CNT constituimos un grupo y pedimos armas a la organización que nos las envió con gran rapidez, pudiendo así emprender la realización de diversas acciones, como la del asalto a un hotel de la zona en donde oficiales alemanes estaban celebrando una fiesta. Los componentes de este grupo seguimos viviendo y trabajando con normalidad, actuando como maquis cuando se nos requería o bien por iniciativa propia. 

Quiero, además, señalar que los maquis de filiación libertaria fuimos combatidos no solo por la policía francesa colaboracionista, sino también por los comunistas que controlaban la Unión Nacional Española (UNE), cuyas directrices no seguíamos. Así, en una ocasión desaparecieron por su causa siete u ocho compañeros de la cuenca minera que conseguimos salvar de sus secuestradores y posible asesinato gracias al éxito que tuvo la huelga que convocamos en la cuenca exigiendo su liberación. Ángel Aransáez, secretario del Comité Regional de la CNT en Decazeville, cifra en 56 el número de libertarios asesinados y Marie-Claude Rafaneau-Boj, entre otros, ha recogido también diversos testimonios de desapariciones y asesinatos de militantes libertarios. 

—Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, ¿te quedaste en Francia? 

—Por el momento sí. En enero de 1946 me trasladé a Marsella, donde vivían unos familiares de mi mujer y allí trabajé de tornero mecánico hasta el mes de febrero de 1951 en que con mi familia nos trasladamos a Argentina, donde yo tenía unos parientes y parecía que había buenas perspectivas, trabajando siempre de tornero mecánico. 

—¿Cuándo regresaste a Catalunya? 

—En febrero de 1976, poco tiempo después de la muerte del dictador, hice un viaje a Catalunya y a otros países de Europa: Francia, Italia, etc., regresando al cabo de dos meses a Argentina. Y en mayo de 1982 regresé a Catalunya, donde me establecí con mi mujer y mi hija. Mi exilio duró 43 años, tres meses y once días, menos dos horas, que son las que estuve en Barcelona el 16 de febrero de 1951 cuando el barco italiano Conte Biancamano, en el que viajaba rumbo a Argentina hizo escala en el puerto de Barcelona donde bajé a tierra con mi mujer y mi hija de tres años, hablando en francés para confundir a la policía, lo que conseguí, pues de los dos que flanqueaban la pasarela oí que uno le decía al otro: «estos son franceses». Descender del barco fue algo temerario por mi parte, pero felizmente salió bien y así pude saludar a mis tíos y mi primo, a los que previamente había avisado. 

—Por último, y de forma muy breve, ¿cómo valoras la actual situación política y social en Catalunya y en el Estado español? 

—Se están sufriendo aún y de forma importante, las consecuencias de la dictadura franquista. Franco tuvo como objetivos principales, la destrucción de la sociedad catalana —mayoritariamente empeñada en construir una Catalunya en la que imperase la libertad— y la eliminación del movimiento libertario, que luchaba por la liberación social en el conjunto del Estado español.  

La «transición», al constituir un simple cambalache político entre los franquistas y una parte de la oposición y mantener el poder en las mismas manos de los que lo detentaban bajo la dictadura, no ha servido para modificar sus consecuencias. 

—¿Consideras que esta situación es irreversible? 

—Irreversible no, pero sí pienso que para modificarla harán falta bastantes años. Si la dictadura duró casi cuarenta años, para eliminar sus consecuencias se precisan el doble de años, unos ochenta.

Antoni Castells Duràn
Polémica, n. 83, enero 2005

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